Haya

Sexo: Hembra

Raza: Mestizo

Edad aproximada: 4 años

Tamaño: Mediano

Haya es una podenquita que lleva con nosotros dos años y su historia es bastante complicada.

Cuando una voluntaria salía de su turno, al coger la autovía, vio a un perro a punto de saltar por un puente. Esta voluntaria paró en el arcén, se acercó cuidadosamente y la cogió en el aire. Haya llenó sus manos de colmillazos, pero ella no la soltaba, sabía que si lo hacía saltaría y moriría en el instante.

Nos encontramos a una podenquita de un añito solo, con mucho miedo, en los huesos. En sus ojos se veía el reflejo de un ser que en su escaso tiempo de vida, había sido muy maltratado.

Tras pasar un tiempo de cuarentena, Haya pasó a una jaula común. Y aunque era bastante desconfiada con los humanos que no conocía y se rebelaba, era extremadamente feliz jugando con sus compañeros de jaula, corriendo y jugando a la pelota.

Poquito a poco, Haya fue confiando en nosotros y aunque al principio la podíamos tocar, a las semanas pudimos empezar a manipularla. Hasta el punto en que Haya confía plenamente en nosotros. Reconoce a los voluntarios, ya sean nuevos o antiguos, como uno solo. Podemos hacer lo que queramos con ella, cogerla en brazos, curarla, abrazarla, quererla. Y ella disfruta, se deja querer.

A los meses, Haya fue adoptada por una familia con una niña. Y a los pocos días fue devuelta. Haya amaba tanto a la niña de la familia que la sobreprotegía y no dejaba que el padre se le acercara. Nos contaban que en el resto de ámbitos, era una perra perfecta. No tiraba con la correa al pasear, era cariñosa, alegre y juguetona, siempre con ganas de jugar con otros perritos. Pero no tuvieron paciencia ni ganas de trabajar con ella así que volvió al refugio.

Al poco tiempo, Haya empezó a cojear de una de sus patas. Entonces es cuando supimos porque fue abandonada siendo un cachorro: la habían explotado tanto en su corta vida que sus dos rodillas fallaron, de forma que ya no servía. Una de sus rodillas ha sido operada dos veces, los veterinarios aconsejan no tocar la otra. Haya hace una vida normal: su mayor disfrute es correr, correr, correr, incluso tenemos que frenarla.

En la segunda operación, Haya se recuperó en casa de una voluntaria. Y descubrimos un poquito más de su carácter. Es una perrita muy sensible, cariñosa y noble. Al principio, lo pasa mal al quedarse solita y quiere con locura a la persona que toma como referencia así que la protege del resto de miembros de la familia, en los que no confía.

Es algo que tiene solución, en pocas semanas, con paciencia y disciplina ya estaba totalmente integrada en su casa de acogida. Necesita que todos los miembros de la familia la traten por igual, no sientan pena ni compasión por ella, la traten con firmeza y delicadeza. Que no le presten demasiada atención y así sea independiente y ella poquito a poco empieza a confiar y a ser la perra que nosotros conocemos.

Haya es una perrita completamente normal, sólo necesita confiar. La paseamos en el coche, la llevamos a nadar, a la playa, se deja acariciar por extraños, olisquea contenta a perros desconocidos y les pide juego. La cogemos en brazos para besuquearla, le quitamos el trocito amarillo de la pelota de tennis que siempre tiene entre los dientes, le ponemos el bozal y se lo quitamos, la manipulamos. Confía plenamente en nosotros.

Sólo necesita una familia que tenga paciencia, que sepa esperar el momento en que Haya confíe en ellos, que confíe en su hogar. Una familia que la entienda y esté dispuesta a ayudarla, a hacerla feliz. Algo que nadie ha hecho nunca.

 

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